martes, mayo 13, 2014

Adéu-siau pescallunes


Avui la posta de sol s'ha vestit de dol i la lluna murmura un rèquiem humit, mentre el vent s'entossudeix a tocar una simfonia muda. No hi ha violinista, Sandro s'ha adormit ... ha deixat sobre el coixí la seva ànsia de volar i la millor partitura de la seva vida, la seva meravellosa família.

domingo, agosto 05, 2012

Sin alas también se puede volar

...como otras noches has llegado de improviso a la grupa de la marinada, te has colado por el ventanuco de la habitación, te has colocado junto a la cama y como siempre con tu hocico has buscado mi mano para avisarme de tu presencia... ¡Te esperaba!. No podía ser de otra manera... Los aniversarios, incluso los que recuerdan tormentas emocionales se arraigan en los repliegues de la piel y florecen cuando toca porque solemos regarlos con lágrimas de madrugada... Gracias por venir, por surcar el espacio sin alas, compartir conmigo mis horas de insomnio y aguantar mis monólogos húmedos entre sábanas... 
Te fuiste porque nuestra angustia no podía soportar tu dolor mudo, tu mirada suplicante, tu irte apagando como el cabo de vela que alumbra el último aliento de vida... Y todavía nos duele tu distancia, pero solo por momentos, pues son más los instantes agradables que nos aportan tus fotos, ese montón de imágenes que no nos cansamos de repasar y que nos transportan a un ayer cercano que no estamos dispuestos a enterrar.
Te seguiré esperando, esperaré oir de nuevo el tic tac de tus pasos alrededor de la cama, bajaremos la escalera, saldremos a la calle, nos perderemos entre la boira y cogidos a la cola de un cometa nos daremos un paseo por la nebulosa de nuestro sueño interminable...y cuando llegue el paseo definitivo espero que te acuerdes de venir a buscarme...¡pero no tengas prisa!, nos queda toda una eternidad para dar nuestro paseo más largo.
¿Nos vemos mañana?

martes, junio 26, 2012

avi, me agrada la teva mà...

...sentir el chup chup de tu pulso entre mis pequeños dedos y dormirme entre tus brazos para aprender a soñar al ritmo de tu corazón, hoy canción de cuna, mañana quizá un bolero, vals, polka... o mejor ya tendremos tiempo de marcar el compás cuando me enseñes los primeros pasos y nos pongamos en movimiento. Primero pianissimo, molt suau, para evitar chichones, luego piano, suau, para acompasar nuestros ritmos y después tenuto, sostingut, para perdernos del resto y emprender pequeñas aventuras que convertiremos en nuestros pequeños secretos.
Más tarde, conforme vaya crescendo, quizás me anime e infle mis mofletes para jugar con una trompeta, el trombón de colisa... así tocaré diana los fines de semana... después en las sobremesas me puedes enseñar los compases del dominó musical sobre el teclado del piano...
Espero ser un bon aprenent, el temps ho dirà. Ara només vull ser el petit i més important instrument que les teves mans hagin sostingut, afinat i mimat... el teu nét.

jueves, junio 07, 2012

sonrisas...


...harto de despertarme cada día con la misma cantinela, crisis, como sonido de fondo, he decidido empezar a coleccionar sonrisas... es la única moneda que produce intereses al instante y me permite otear el futuro más inmediato, la noche, con la sensación de que a pesar de todo la vida hay que estrujarla al máximo cada día.
1.- las sonrisas que han triunfado después de muchas lágrimas, no tienen precio. Se suelen recibir a cambio de nada y suelen ir acompañadas de un halo de paz.
2.- Deja que su sonrisa cambie el mundo, pero no permitas que el mundo cambie su sonrisa… ni la tuya, ni la de aquellos que forman tu universo más íntimo.
3.- Pintar en su cara sonrisas, la mayor de las pasiones. Quizá sea la mejor manera de conseguir que crezcan buscando un mañana menos agresivo, donde tender la mano signifique avanzar juntos.
4.- Las sonrisas más alegres que veas, pueden proceder de los más tristes recuerdos… borrarlos depende de la cantidad de sonrisas que estemos dispuestos a invertir sin esperar nada a cambio.
5.- La suerte es que hay gente que teje sonrisas con polvo de estrellas… No te olvides que un día sin una sonrisa es un día perdido…

Y para acabar te diré que las sonrisas cuestan menos que la electricidad y dan más luz… la suficiente para iluminar los corazones.

jueves, abril 26, 2012

Benvingut Pep...

...quizá has leido mi pensamiento y has decidido retrasar tu llegada... puede que quieras ser un pescalluna especial y te hayas apuntado a la canción que hoy escuchaba mientras te esperábamos... ¡no me extrañaría!... y por ello has llegado con la noche, para poder ver la cara oculta de la luna y convertirte en un giralluna...

jueves, marzo 29, 2012

Hoy puede ser un gran día... ¡o no!

El amigo Joan Manuel puede que tenga razón y a cualquier amanecer le sucede un despertar, un subir de persianas y factiblemente una puerta a la aventura diaria. Cada mañana, cuando me enfrento a mi yo delante del espejo le digo lo mismo: “hoy puede ser un gran día”. Y me lanzo a la calle, emprendo mis rutinas, que pueden ser las mismas que las tuyas y me dispongo llegar al final del día con algo nuevo que añadir a mi historia particular. Aquella mañana de hace unos años tenía sabor a primavera pese a que el invierno pretendía alargar su dominio. Yo había consumido los primeros minutos del día y me dirigía al trabajo cuando una pareja de mossos me cortaron el paso. Disculpe, ¿es usted Fulano Mengano?, yo mismo, les contesté un tanto sorprendido. Tiene que acompañarnos a comisaría. ¿Qué ocurre? (pregunta estúpida, si me requieren será por algo). No se preocupe, en comisaría ya le informarán. Me hicieron subir al coche patrulla y durante el recorrido intenté imaginarme que podía suceder y solo se me ocurría alguna desgracia familiar… no encontraba otra explicación. No me esposaron, la sirena no sonaba y ninguno de los dos agentes me dirigió la palabra durante el tiempo que duró el trayecto hasta comisaría.
No estaba asustado, o al menos no al grado de no poder controlar mi esfínter… eso sí, yo que no suelo usar corbata tenía la sensación de haber apretado en exceso el nudo. Una vez en las dependencias policiales me hicieron entrar en un despacho, me senté, y me indicaron que enseguida me atendería el inspector de guardia. No sé el tiempo que tardó en aparecer el agente. Los segundos se me hicieron minutos, con lo cual, los minutos se me hicieron eternos. Al final apareció el inspector que sin decir ni pío se sentó al otro lado de la mesa, se quitó la gorra, abrió la carpeta que había dejado sobre la mesa, le dio una mirada a los papeles, luego levantó la vista y me dijo: su DNI, por favor. Su voz no era enérgica aunque su mirada resultaba un tanto inquisidora (era una mossa). Se lo entregué y empezaron esas preguntas rutinarias que suelen hacerte todos los funcionarios: ¿el domicilio que pone es el habitual?, ¿su profesión también?, donde trabaja, ocupa algún cargo… Le daba vueltas al DNI, volvía a mirarse los papeles… impaciente le pregunté: ¿me puede decir que ocurre? Me dibujó una media sonrisa y soltó la típica frase: las preguntas las hago yo. Un largo silencio que empezaba a oprimirme las sienes se rompió con un escuche esto sin hacer comentarios. Sacó una pequeña grabadora, le dio al play y me miró fijamente. Al principio el sonido no era claro, varias voces, algún claxon, un camarero preguntando ¡qué le pongo!, risas… está claro que parecía un bar y de pronto una voz que me resulta conocida empieza una conversación.
¡Ostia! Fulano cuanto tiempo sin verte. Mira que resulta difícil contactar contigo.
Pues tengo el mismo teléfono, idéntico curro y vivo donde siempre (compruebo que es mi voz).
Me han dicho que últimamente tus trabajos son rápidos, limpios y ajustados.
Como siempre, ¿alguna vez te he fallado?
No, la verdad es que sueles bordarlos. Además me han dicho que la última automática que usas es genial, por ello te buscaba.
Pues aquí estoy. Es verdad que después de mucho tiempo he encontrado el material preciso para mis trabajos. Me permite un alto número de disparos en poco tiempo, es muy sensible al tacto, el objetivo es preciso, puedo ampliar la distancia sin perder precisión, vaya, ¡que no está mal!. Además ello me ha permitido incrementar precios y bajar el número de trabajos a realizar para complementar mis gastos.
El agente para la grabadora y me dice: ¿es necesario seguir escuchando? No negará que es usted.
Le respondo que si, que soy yo, pero que no entiendo el motivo de mi detención.
Me mira, pone cara de sorprendida y vuelve a dibujar una especie de sonrisa al tiempo que me pregunta por mis últimos trabajos.
Ahora el sorprendido soy yo, ¡a la poli le interesan mis fotos! Abro mi portafolios y le muestro Boscomania (Año IV nº4) donde está mi último reportaje (las fotos las podéis ver en www.cfdonbosco.com, álbum de fotos de l’Agrupació, excursió Montblanc)). Aprieta las mandíbulas, da un golpe en la mesa y suelta un ¿me toma el pelo?.
No me alargaré, todo fue un mal entendido. Después de un par de horas de preguntas y respuestas, aportación de datos y contrastar informaciones cruzadas, volvió a sonreír, esta vez más distendida, y me ofreció un amplio abanico de disculpas.
Un tiempo después comprobé que la realidad casi siempre supera la ficción y en el mismo bar que yo solía realizar mis encuentros para concretar mis colaboraciones en Boscomania, allí mismo, detuvieron a un sicario de poca monta que realizaba trabajos a bajo coste.
Puedes sacar la conclusión que quieras, pero ojo con lo que hablas en público y el vocabulario que empleas. El tiempo libre de algunos y su imaginación pueden escribir tu futuro en negrilla.

miércoles, febrero 08, 2012

aprender a ser abuelo...

...hace unos días, mientras repasaba la prensa escrita y esnifaba el aroma de un ristretto, una voz en off que surgía de la tele me puso en guardia con la frase aprender a ser abuelo. Supongo que la proximidad de mi entrada en una nueva etapa de la vida, ser abuelo, hace que mi radar emocional esté más dispuesto a captar todo aquello que tiene relación con el tema. Pues eso, dejé el periódico de lado y presté atención a la noticia. De entrada parecía interesante. Alguien se había molestado en escribir un libro sobre la experiencia de ser abuelo por primera vez, explicando su experiencia desde el día que le dan la noticia, hasta que su peke (así se refiere a su nieto) alcanza los diez meses de vida. Le dí un vistazo en Internet para ver su operación de marketing, y de entrada me pareció interesante. Adquirí el libro. Que conste que no buscaba un manual de instrucciones ya que los sentimientos los administramos cada uno de forma diferente, pero me picaba la curiosidad ver como Gabriel Masfurroll, el abuelo, me transmitía sus emociones. Tampoco buscaba respuestas a preguntas que todavía no me había planteado. Por ello el libro, que sin ser un dietario (es más un compendio de capítulos sueltos que permite realizar una lectura distendida) me ha defraudado bastante. Yo solo esperaba emociones, y las hay, pero me sobran esas páginas de autobiografía profesional, algo así como un currículum vitae vendiendo su imagen.
Pero volvamos a las emociones, que existen, y factiblemente sean las mismas que he podido sentir yo hasta el momento. Y apoyándose en ellas, las emociones, hace diferentes reflexiones que me han llevado a intentar parar mi tiempo, mi reloj actual, para hacer girar las agujas en sentido contrario acercándome a mis anteriores estadios: hijo y padre. No se si será la forma adecuada de entender y aprender a ser abuelo, pero quizá las mejores lecciones las encuentre repasando las páginas de mi propia existencia donde fui hijo y por tanto nieto, y más tarde padre, lo que me permite contemplar a mis padres y a mis suegros, como abuelos de mis hijos.
De mi primera etapa, la de hijo/nieto, no tengo claro como interpretar mis recuerdos en relación con mis abuelos. Por parte paterna no conocí a la abuela Eladia. No conozco su imagen, no tengo fotos, por lo que solo puedo dejar que mi imaginación construya un olograma a partir de pequeñas deducciones de comentarios varios de los habitantes de Lago, pues la familia pocos detalles aportan. Del abuelo Valente en cambio, son en su mayoría destellos veraniegos, quizá por ello van siempre acompañados de luz, bullicio, ilusiones y aventuras infantiles en el pueblo. Luego, sus últimos años en la ciudad, coincidieron con su decadencia física y mi juventud despistada. Pero es con él con quien mis recuerdos son más numerosos y reales, e incluso puedo rememorar y reproducir su voz en mi cabeza. Voz suave, hablar pausado, acompañado de una mirada, diría protectora, cálida, pero no exenta de severidad cuando el tema lo precisaba. Su piel era blanca salpicada de miles de pecas que el sol había sembrado desde el amanecer hasta que la luna le daba el relevo. ¡Abuelo Valente!, sus vasos de hidromiel, sus paseos por el prado acompañando el ganado, sus visitas al palomar (ahí todavía envío mis sueños por si papá Joaquín va a recogerlos)... ¡Gratos recuerdos!
De los abuelos maternos, Manuel y Salvador, los recuerdos son ínfimos, uno por cada uno de ellos, al igual que el número de imágenes en papel que poseo. Pero las sensaciones son gratas aunque hablen de distancia, de falta de continuidad en el trato. Manuel solía repicar en el picaporte de la calle y entonces mi madre, mi hermano y yo bajábamos, compartiamos unos minutos en la escalera, un beso y una pequeña propina y hasta la próxima vez. Si intento escudriñar esos recuerdos me resulta imposible extraer nada nuevo, es como esos pequeños carruseles metálicos que por mucha cuerda que les des siempre se repiten.
Del abuelo Salvador podría decir lo mismo, aunque con él, el número de imágenes y sensaciones se amplían. El hacia lo mismo cuando volvía del mercadillo, me llamaba a la puerta, bajaba y nos íbamos a comer pescaditos fritos a un bar que recuerdo con nitidez, una barra larga a la izquierda, las mesas de mármol sobre patas de forja, gente, humo y un olor a refrito que lo impregnaba todo... así como la tienda de comestibles de la esquina, el bar los caracoles al otro lado de la calle, el quiosco montado en el interior de una escalera al que solía ir a cambiar los tebeos de hazañas bélicas por 20 céntimos, el capitán Trueno, el enmascarado, el Jabato... Por más que araño en los repliegues de mi memoria no encuentro más hojas de calendario que añadir a mis recuerdos.
La abuela Antonia, la yaya, la matriarca de la familia y de la que durante muchos años fui lazarillo inseparable y su niño de los recados... es la abuela en mayúsculas. Es ella la que de alguna manera aparece en todos mis recuerdos en los que desempeño el papel de nieto... pero ello no significa que el resto de abuelos no tengan su peso especifico. La presencia de la yaya Antonia es una constante en mi infancia, conviví con ella bajo el mismo techo y. difícilmente puedo dejarla al margen de mis nostalgias...
Pero volviendo al tema, "aprender a ser abuelo", espero no necesitar ningún reglamento escrito... dejaré que los sentimientos fluyan, pero que no me desborden, que no me impidan poner seny a mis actuaciones, teniendo en cuenta que ya no me toca educar, sino mimar, eso sí, sin excesos. Me conformo con estar disponible cada vez que Pep precise de l'avi... quizá me ayude a encontrar al niño que perdí, al que no encuentro en mi baúl de los recuerdos...

lunes, diciembre 19, 2011

...el último partido...

…todos, tarde o temprano, jugamos nuestro último partido. El más definitivo, aquel que de antemano, aun sabiendo el resultado final, intentamos, hasta el último instante, darle la vuelta al marcador aunque sea desde el banquillo (cuerpo técnico: médicos y tratamientos paliativos) o la grada (ánimos: familia y amigos) en un intento de marcarle un último gol a la vida.
Pero no es este el partido que me quita el sueño, quizá porque la vida ya me ha dado un aviso y de golpe los horizontes lejanos pierden expectativa y los planes de futuro más distantes están a la vuelta de la esquina. Nos pasamos la vida jugando cada día el último partido sin ser conscientes de ello, y en función de nuestra edad miramos con cierto desdén o indiferencia el transcurrir del tiempo.Mi último partido empieza cada amanecer con el silbato del despertador y mi primera jugada es poner en marcha la cafetera. La rutina de encuentros anteriores me permite dar los primeros toques sin pensar demasiado y pese al murmullo de la grada (tele o radio) los primeros minutos del match sirven para tantear el terreno (por la ventana compruebo como pájaros plateados pululan por el cielo y los edificios me dan los buenos días con subida de persianas, dejando escapar madrugadores sueños. Luego, despejada la resaca nocturna bajo la lluvia de la ducha pongo en solfa mi ruta matinal para el acarreo de alimentos).

Los primeros minutos del encuentro se hacen llevaderos. El adversario todavía no ha merodeado por mi campo, lo que me otorga una superioridad momentánea. En los primeros cuerpo a cuerpo (¿qui és l’últim?) llevo una cierta ventaja, pues el conocimiento del terreno y una predisposición al contragolpe me permiten pillar al contrario, todavía adormilado (les àvies todavía están comentando la jugada de la anterior jornada, ¡bendito pasado!, mientras el olor a mar choca contra el mostrador).
Salvada la línea medular, me permito un intento de penetración por banda, pero lo limitado del campo y la zaga adversaria me impiden llegar hasta la línea de fondo (a pesar de otro grave, ¿qui és l’últim?, al que el contrario hace oídos sordos. Aquí el olor es a pan recién horneado).
Pero no hay dos sin tres y al tercer intento ¡zas!, me cuelo mientras los contrincantes no se ponen de acuerdo (revuelo de gente, olor a ungüentos caseros, hierbas, inciensos… en el Árbol de Vida hay remedios para todo).
El encuentro sigue, el marcador se mantiene inalterable y solo los comentaristas ponen un toque de emoción al devenir del partido (lectura libre de periódicos… el quiosquero está hasta los cataplines de tanto lector compulsivo. Me llevo la información al vestuario). Durante el parón obligatorio del descanso aprovecho para realizar un liviano avituallamiento y darle al cuerpo un poco más de energía para afrontar el resto del match.

El segundo tiempo lo juego en casa, ello me permite dominar el rectángulo y librarme una y otra vez del contrario (yo y la escoba procuramos mantener limpias las líneas de demarcación). No preciso compañeros de equipo, yo solo me basto para proseguir el encuentro hasta el pitido final. Eso sí, no pierdo ojo al reloj para optimizar el tiempo con el resultado (cada parcela del campo, comedor, salón, pasillo, lavadora… requieren una entrega y esfuerzo diferente en función del número de adversarios que pululan por ella). Los minutos que restan hasta el pitido final (hora del ágape) los juego con cierta parsimonia, recreándome en cada jugada, esperando el aplauso o abucheo de la grada (el gran dictat).
El resto de la jornada sirve para mirar el mundo que me rodea, despacio, sin prisas, contemplando desde el espacio que ocupo (sillón: mesa de masajes para recuperar el tono muscular) como la gente describe órbitas alrededor de mi cuerpo. Solo espero la llegada de la noche, temprana en esta época del año, para darle un vistazo a la jornada y esperar que el próximo despertar me permita jugar un nuevo partido, quizá el último… pero la competición es larga y espero que al final el resultado haya valido la pena.

jueves, octubre 20, 2011

LAGO... un viaje al pasado

...el viaje a Lago no tenía fecha prevista en mi agenda, pero si que ocupaba un lugar especial en mi cabeza. Desde que los abuelos cambiaron de domicilio quería conocer su nuevo hogar. Y a ese deseo tenía que añadir casi la necesidad imperiosa de recuperar instantáneas de una infancia que empezaban a desvanecerse en el baúl de mis recuerdos. Faltaba encontrar el momento, y quién me soporta y conoce, me dio el empujón definitivo... y ¡por fin!, emprendimos viaje.
Lago sigue en su sitio. Pero el paso de los años lo ha transformado. El asfalto ha borrado la huella de los carros, han desaparecido las alfombras verdes salpicadas de olorosas ensaimadas (que solíamos recoger a mano), el Leiró no es el mismo, la casa del abuelo ha desaparecido (solo me queda el fantasma de su imagen sobre un solar vacío)... Prados y cultivos se han convertido en una selva que ha engullido el palomar que tantas veces visite con mi padre (aunque el palomar sigue existiendo en mi cabeza para anidar mis sueños). Adiós a la noria, al peral de la Calella, a la fuente camino de la iglesia, a la recua de mulas revolcándose en el Leiró, a la ordenada llegada del rebaño de ovejas hacia sus establos mientras los mastines soportan el juego de los rapaces... De golpe recupero olores que creía perdidos... ¡bendito el olor de las tortas de Candelas recién hechas!, el efluvio húmedo de las bodegas, la hierba cortada, el aroma de la pastilla de heno de pravia (envoltorio amarillo) que se mezcla con la brisa de la mañana que entra por la ventana...
Las conversaciones con la familia me permiten situar lugares y personas en su punto concreto: el cine, , la escuela, el Oteiro, camino Campañana, Carril y sus fiestas... Gaspar, Dominga, Josefa, Olimpia, Carujo, Senén, Servando... (¡no me olvido de la familia!). Y he podido revivir las escenas de la siega, el trillar en la era, la vendimia, pisar la uva... A las imágenes que persistían en mi cabeza he podido añadir aquellas que aparecían borrosas y que al pisar nuevamente el pueblo se han regenerado como si surgiesen de un mundo vaporoso. Mi primer beso (por lo menos el primero que recuerdo) delante de la casa de Marcial ,se lo robé a una rapaciña del lugar. No recuerdo su nombre, pero si que provoqué la envidia del resto,(¡joder el catalán!)... mis aventuras a lo Robin Hood con un arco de madera cuyas flechas eran las barillas de algún paraguas destartalado. Le tirábamos a todo lo que se movía, aunque no recuerdo haberle dado a nada, bueno, excepto alguna pera o manzana. Mis carreras desde cualquier lugar del pueblo hasta casa del tío Tomás para aliviar mis tripas en el único trono del lugar. ¡Qué descanso!. Solía aprovechar la visita para contemplar desde el corredor la mejor vista del lago... En esa misma casa descubrí una tarde tórrida de verano el poder volcánico del orujo. Llegué corriendo, aunque esta vez era la sed la que movía mis piernas, subí las escaleras, abrí la puerta y contemplé sobre la pica de piedra tres botellas de gaseosa, y empujado por la ansiedad de refrescar mi boca destapé una de ellas, me amorré sediento y aquel trago cristalino me quemó la garganta e incendió mis entrañas. No sé que color adquirió mi cara, busqué el cántaro del agua y conseguí apagar el fuego y la sed... aquel fue, nunca mejor dicho, mi bautismo de fuego. Desde entonces considero el orujo el remedio casero por excelencia para cualquier contratiempo... y podría seguir añadiendo decenas de imágenes, pequeñas historias que van rebrotando en mi cabeza para saciar mi sed de recuerdos... El abuelo Valente y sus silencios, su mirada escrutadora y esa leve sonrisa cuando le llegaban quejas de mis traperías. Una tarde tuve un encuentro algo belicoso con un lugareño. El motivo no lo recuerdo, pero a sus insultos añadió un H.P. que me sublevó y mi reacción fue sentarlo de un empujón en un zarzal de los muchos que había camino del lago. Allí lo dejé, lloriqueando y amenazándome con decírselo a su madre. Volví sobre mis pasos camino de casa, y como cada tarde, el abuelo me tenía preparado un vaso de hidromiel, su remedio casero para la sed y al tiempo reponer fuerzas con un trozo de hogaza y chocolate. No había acabado con el pan cuando oí las quejas maternales por el maltratado trasero de su rapaz. El abuelo me llamó: ¡Toñín!. Salí corriendo y allí estaba la señora esperando el castigo que me pusiera el abuelo. Me preguntó lo que había pasado, le expliqué lo ocurrido y volviéndose hacia la enfadada madre le dijo: Si fulano (no recuerdo el nombre) se lavara la boca de vez en cuando ahora no tendría el pandero lleno de espinos. La mujer balbuceo algo y a regañadientes se dio la vuelta. Cuando la distancia resultaba prudente, el abuelo me cogió del cuello y me dijo: la próxima vez te pondré el culo caliente... eso sí, con esa media sonrisa de complacencia que refrendaba mi contestación ante la ofensa recibida (esa fue mi deducción)... ¿continuará? ...

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martes, octubre 18, 2011

...esperando la primavera...

...a mi felicidad diaria la otra tarde le añadieron una porción extra, mejor diria, un pastel entero.