jueves, octubre 20, 2011

LAGO... un viaje al pasado

...el viaje a Lago no tenía fecha prevista en mi agenda, pero si que ocupaba un lugar especial en mi cabeza. Desde que los abuelos cambiaron de domicilio quería conocer su nuevo hogar. Y a ese deseo tenía que añadir casi la necesidad imperiosa de recuperar instantáneas de una infancia que empezaban a desvanecerse en el baúl de mis recuerdos. Faltaba encontrar el momento, y quién me soporta y conoce, me dio el empujón definitivo... y ¡por fin!, emprendimos viaje.
Lago sigue en su sitio. Pero el paso de los años lo ha transformado. El asfalto ha borrado la huella de los carros, han desaparecido las alfombras verdes salpicadas de olorosas ensaimadas (que solíamos recoger a mano), el Leiró no es el mismo, la casa del abuelo ha desaparecido (solo me queda el fantasma de su imagen sobre un solar vacío)... Prados y cultivos se han convertido en una selva que ha engullido el palomar que tantas veces visite con mi padre (aunque el palomar sigue existiendo en mi cabeza para anidar mis sueños). Adiós a la noria, al peral de la Calella, a la fuente camino de la iglesia, a la recua de mulas revolcándose en el Leiró, a la ordenada llegada del rebaño de ovejas hacia sus establos mientras los mastines soportan el juego de los rapaces... De golpe recupero olores que creía perdidos... ¡bendito el olor de las tortas de Candelas recién hechas!, el efluvio húmedo de las bodegas, la hierba cortada, el aroma de la pastilla de heno de pravia (envoltorio amarillo) que se mezcla con la brisa de la mañana que entra por la ventana...
Las conversaciones con la familia me permiten situar lugares y personas en su punto concreto: el cine, , la escuela, el Oteiro, camino Campañana, Carril y sus fiestas... Gaspar, Dominga, Josefa, Olimpia, Carujo, Senén, Servando... (¡no me olvido de la familia!). Y he podido revivir las escenas de la siega, el trillar en la era, la vendimia, pisar la uva... A las imágenes que persistían en mi cabeza he podido añadir aquellas que aparecían borrosas y que al pisar nuevamente el pueblo se han regenerado como si surgiesen de un mundo vaporoso. Mi primer beso (por lo menos el primero que recuerdo) delante de la casa de Marcial ,se lo robé a una rapaciña del lugar. No recuerdo su nombre, pero si que provoqué la envidia del resto,(¡joder el catalán!)... mis aventuras a lo Robin Hood con un arco de madera cuyas flechas eran las barillas de algún paraguas destartalado. Le tirábamos a todo lo que se movía, aunque no recuerdo haberle dado a nada, bueno, excepto alguna pera o manzana. Mis carreras desde cualquier lugar del pueblo hasta casa del tío Tomás para aliviar mis tripas en el único trono del lugar. ¡Qué descanso!. Solía aprovechar la visita para contemplar desde el corredor la mejor vista del lago... En esa misma casa descubrí una tarde tórrida de verano el poder volcánico del orujo. Llegué corriendo, aunque esta vez era la sed la que movía mis piernas, subí las escaleras, abrí la puerta y contemplé sobre la pica de piedra tres botellas de gaseosa, y empujado por la ansiedad de refrescar mi boca destapé una de ellas, me amorré sediento y aquel trago cristalino me quemó la garganta e incendió mis entrañas. No sé que color adquirió mi cara, busqué el cántaro del agua y conseguí apagar el fuego y la sed... aquel fue, nunca mejor dicho, mi bautismo de fuego. Desde entonces considero el orujo el remedio casero por excelencia para cualquier contratiempo... y podría seguir añadiendo decenas de imágenes, pequeñas historias que van rebrotando en mi cabeza para saciar mi sed de recuerdos... El abuelo Valente y sus silencios, su mirada escrutadora y esa leve sonrisa cuando le llegaban quejas de mis traperías. Una tarde tuve un encuentro algo belicoso con un lugareño. El motivo no lo recuerdo, pero a sus insultos añadió un H.P. que me sublevó y mi reacción fue sentarlo de un empujón en un zarzal de los muchos que había camino del lago. Allí lo dejé, lloriqueando y amenazándome con decírselo a su madre. Volví sobre mis pasos camino de casa, y como cada tarde, el abuelo me tenía preparado un vaso de hidromiel, su remedio casero para la sed y al tiempo reponer fuerzas con un trozo de hogaza y chocolate. No había acabado con el pan cuando oí las quejas maternales por el maltratado trasero de su rapaz. El abuelo me llamó: ¡Toñín!. Salí corriendo y allí estaba la señora esperando el castigo que me pusiera el abuelo. Me preguntó lo que había pasado, le expliqué lo ocurrido y volviéndose hacia la enfadada madre le dijo: Si fulano (no recuerdo el nombre) se lavara la boca de vez en cuando ahora no tendría el pandero lleno de espinos. La mujer balbuceo algo y a regañadientes se dio la vuelta. Cuando la distancia resultaba prudente, el abuelo me cogió del cuello y me dijo: la próxima vez te pondré el culo caliente... eso sí, con esa media sonrisa de complacencia que refrendaba mi contestación ante la ofensa recibida (esa fue mi deducción)... ¿continuará? ...

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encanta que hayas difrutado del viaje y reencontrarte con tus recuerdos de infancia.
un beso,
Conxi